A llá, por los gélidos confines del techo del mundo. En donde el misticismo mana en los propios paisajes y el visitante fácilmente puede llegar a embriagarse de contemplación hasta abrigar, sin busca de evocación, la actitud de concebirse en intrínseco compromiso poseyendo la potestad de deshacer la memoria para cambiar la casaca a la vida; es donde acaece un relato histórico, poco conocido en occidente, que hermana la ciudad de Sevilla con la ciudad que a principios del siglo VII se llamaba Rasa. Corría el verano del año 1.927. Las laderas habían perdido ya su blanco invernal, casi permanente; mientras que al mismo compás los caminos mayores y veredas menores afloraban prietas cual vigorosas venas curtidas sobre las serenadas tierras levadas, admirando placidas, la natural muralla de gigantescas paredes de hielo azul celeste que prístina le cercan. El cielo, en su lejanía, orgullosamente enseñaba verticales hilos delgados de vaporoso humo, que suavemente se elevaban, desde abaj...