Hijos del hartazgo
El siguiente microrelato no está situado en la Sicilia del 1.608. Está enmarcado en el país de las Españas del 2.017. Una época desalentadora que hace notar, más que nunca, la brecha social abierta entre los de de arriba y los de abajo. Donde la casta corrupta, desafiantemente, campa a sus largas anchas sin pudor alguno y, libremente, a sabiendas de que su inmunidad les convierte en reos de primera e irrisorias condenas o prescritos de un sistema hecho a su medida. Situando al pueblo llano en fluyente manantial inagotable de idiotas que, ante la justificación de justicia, pagan los platos rotos desde las imposiciones impuestas de un sistema judicial que es gran amante de la desproporcionalidad ante las condenas que aplica.
Cualquiera de los idiotas, que lleva décadas de estricto y desamparado trabajo tributado en tiempo y sistematizada forma impuesta, puede tener un momento de lucidez y desde el hastiamiento en la lucha del día a día convertirse en uno de los hijos del hartazgo y cambiar ese donde siempre cumplía y cumplía y, viendo que, llegado ese momento lúcido en que el propio sistema, a partir de ahí, ya no se lo permitirá es cuando la responsabilidad se acaba y empieza a fallar en sus compromisos adquiridos que le demandarán...
Ahora, ante aquella rancia sala, donde cuelga un cuadro arropado por banderas, con toda tranquilidad, en pie, mirando a la juez, muy sosegadamente; con la venia, le dijo
No reconozco al sistema judicial que usted representa.
¿Dónde estaban ustedes cuando les he necesitado?
A ustedes, ahora, sólo les interesa castigarme.
¡Castigenme!
Fue cuando a partir de ese momento, con su plena voluntad, completamente ensordeció e invadieron sus ojos una ceguera total al tiempo que no articuló palabra alguna mientras por su mente, libre corría, que aquel circo lo que únicamente perseguía era: castigarle.
En ese mínimo instante, el simple remate de un gesto sirvió para que la juez reconociera a quien en el banquillo juzgaba. Reafirmado para sí misma, sí, le conozco. Durante casi cuarenta años ha regentado la librería de la plaza del pueblecito costero donde veraneaba con mi familia. Semanalmente, todos los martes, me reservaba los nuevos capítulos de aquella épica obra que tanto me gustaba y que me marcó, para hoy, presidir esta sala.
En el tiempo preciso, ahora, a partir de ese requiebro mental momentáneo, fue cuando se invirtieron los papeles: la juez sintió la amartillante convicción de pecado que se agolpaba en su corazón, como mucho tiempo a no lo hacía: pasó a ser idiota y, a quien juzgaba, sin pronunciar sentencia, le resarció en su honorable título de quien siempre fue: quien regentara la librería de la plaza. Pero, aún así, la juez, ante la injusta ortodoxia, fiel al sistema que la mantenía privilegiada, no queriendo evitar, realmente, que tenía que castigar, quería dictar y, se atrevió a sentenciar.
En ese mínimo instante, el simple remate de un gesto sirvió para que la juez reconociera a quien en el banquillo juzgaba. Reafirmado para sí misma, sí, le conozco. Durante casi cuarenta años ha regentado la librería de la plaza del pueblecito costero donde veraneaba con mi familia. Semanalmente, todos los martes, me reservaba los nuevos capítulos de aquella épica obra que tanto me gustaba y que me marcó, para hoy, presidir esta sala.
En el tiempo preciso, ahora, a partir de ese requiebro mental momentáneo, fue cuando se invirtieron los papeles: la juez sintió la amartillante convicción de pecado que se agolpaba en su corazón, como mucho tiempo a no lo hacía: pasó a ser idiota y, a quien juzgaba, sin pronunciar sentencia, le resarció en su honorable título de quien siempre fue: quien regentara la librería de la plaza. Pero, aún así, la juez, ante la injusta ortodoxia, fiel al sistema que la mantenía privilegiada, no queriendo evitar, realmente, que tenía que castigar, quería dictar y, se atrevió a sentenciar.

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