Alharaca en Norbulingka
Allá, por los gélidos confines
del techo del mundo. En donde el misticismo mana en los propios paisajes y el visitante
fácilmente puede llegar a embriagarse de contemplación hasta abrigar, sin busca
de evocación, la actitud de concebirse en intrínseco compromiso poseyendo la potestad
de deshacer la memoria para cambiar la casaca a la vida; es donde acaece un relato
histórico, poco conocido en occidente, que hermana la ciudad de Sevilla con la ciudad que a
principios del siglo VII se llamaba Rasa.
Corría
el verano del año 1.927. Las laderas habían perdido ya su blanco invernal, casi
permanente; mientras que al mismo compás los caminos mayores y veredas menores
afloraban prietas cual vigorosas venas curtidas sobre las serenadas tierras
levadas, admirando placidas, la natural muralla de gigantescas paredes de hielo
azul celeste que prístina le cercan. El cielo, en su lejanía, orgullosamente enseñaba
verticales hilos delgados de vaporoso humo, que suavemente se elevaban, desde
abajo, en su comienzo a 3.656
metros de altura abandonando las pintorescas chimeneas, vida, de la ciudad que es sede tradicional de los lamas y punto neurálgico para la
milenaria civilización que entre sus muros monásticos transmite de maestros a
alumnos el conocimiento del Buda Gautama.
La
antigua Rasa; en la actualidad, Lhasa, la ciudad poseedora del espíritu
colectivo terreno más elevado, ya andaba en los preparativos del Festival
Shoton. Y era por las vísperas, en el mismo corazón de la Colina Roja, el Palacio de Potala,
donde todos hablaban de una extraña figura que se convirtió en la comidilla de cuantos
participaban en la actividad diaria palaciega. Un hecho misterioso, éste, del
que solamente el asistente personal del Decimotercero Dalai Lama, (quien con una
vieja gramola y un disco de pizarra gustaba escuchar al cante a La Niña de los
Peines), era conocedor de en qué se basaba la figura que tanto
interés suscitaba en el palacio. Y no era precisamente por su ubicación en el
mismo centro del salón, entre las dieciséis grandes columnas cuadradas que
sustentan la estupa del quinto Dalai Lama donde permanecía la figura, quieta,
como si de una estatua se tratara. No. ¿Sería por el hecho de la presencia ante
lo desconocido? Aquella silueta era nueva en el lugar; quienes la veían, a una distancia
no menor de veintiún metro, (diámetro que formaban el cinturón de las columnas
centrales), que era la permitida para quienes transitaban por el enorme Salón
Stupa del Quinto Dalai Lama, bien sabían que no era una estatua. Tampoco, para
quienes con regularidad pululaban tan enorme estancia resultaba algo vital
aquel desconocimiento ya que, era una mera mundanal intriga, pues la prioridad
de los pululantes, en aquel momento, estaba centrada en el restablecimiento
total de la salud del Dalai Lama.
A mediados
de la primavera de ese año, (1.927), su Santidad acababa de superar un trágico
accidente del cual, milagrosamente, salvó su vida mundana. Ante tan relevante
acontecimiento y como celebración y gratitud, con gran afecto característico
del lugar, le habían preparado una sorpresa, sin precedentes en la historia del
Tíbet, que sería revelada en los jardines del palacio de Norbulingka durante
los actos del Festival Shoton.
Había
llegado el gran momento. Ya atardecía y a la mañana siguiente daba comienzo el festival. En la media noche, entre los objetos ceremoniales y
otras necesidades también trasladarían aquello tan considerado como un hecho
misterioso y, que llegado el medio día, por fin, se revelaría. Dos caravanas
portadoras, compuestas por doce yak cada una y sus respectivos tiradores,
estaban dispuestas para recorrer el camino que había desde el Potala hasta el
parque y la zona de jardín de Norbulingka, (en la parte occidental de la
ciudad). Los monjes dispusieron emprender la marcha con el fin de llegar antes
de que rompiera el alba, como era costumbre. La madrugada avanzaba rápida entre
la luz de las lámparas de grasa de yak y las apresuradas consignas de los
monjes a los portadores. Uno de los monjes, algo perturbado, repetía una y otra
vez que "la noche es para dormir". No paraba, amartillante,
pronunciaba y pronunciaba hasta desafiar la paciencia del resto de los monjes, que naturalmente dominaban esta virtud. Aun así, la compasión de sus compañeros
brindó un pequeño descanso, medido de tres cuartos de hora, con el cual el
condiscípulo tan hablador dormiría y abandonaría el repetitivo "mantra del
sueño". Consumido el descanso, afanosos, reanudaron la marcha hasta
alcanzar el destino en donde cada caravana se dirigió al punto donde habrían de
descargar cuanto portaban para acto seguido disponerlo en las distintas
actividades que tendrían lugar en el festival. Todo estaba a punto. La ciudad
se había quedado vacía. El "Parque enjoyado" se encontraba lleno de
cuantos habían decidido dejar la ciudad para el divertimento, treinta y seis
hectáreas para baile, alimentación y el ocio del festival configuraban el
apasionante altiplano de la fiesta. A la misma hora, en el Salón Flor de Loto,
las autoridades permanecían expectantes, daba comienzo la gran sorpresa que
habían preparado en honor del Dalai Lama. Pepe Pinto, va dejando tras él el
enfilado ejército de lamparillas que le franquean a uno y otro lado, avanza junto a sus acompañantes al toque y al baile y dispuesto a cantar para su Santidad, cuando en sus últimos pasos se dirigen hacia el tablao que le han preparado y, en ese momento, al levantar el delicado
manto color azafrán que cubría el instrumental y añadidura que configuraban
parte de la sorpresa, echan en falta la guitarra y el sombrero flamenco que
deberían estar sobre la silla de madera y anea que también faltaba. Ante un
sepulcral silencio. El asistente personal de su Santidad, alzando las manos
exclamó: ¡Cómo es posible!
Esa
misma tarde, en Lhasa, en la popular Calle Barkhor, totalmente desierta, el
monje del "mantra del sueño", con un raro sombrero sobre su cabeza
estaba sentado en una extraña silla agarrando un inusual instrumento musical para aquel lugar, (...).

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