El templo dorado
U n joven aldeano andaba buscando la sempiterna felicidad. El joven, a diario, acudía al oratorio donde cumplía rigurosa visita a todos los dioses entregando sus ofrendas y confiando que las deidades le corresponderían proporcionándole la felicidad a cambio de sus lisonjas. Los años pasaban y el joven sentía que en su propósito poco avanzaba, se había convertido en un creyente más de la cultura de castas, obediente al orden social establecido, donde todos guardaban las apariencias que llenaban sus mundanas almas, cada vez, más huecas. Un día, en una callejuela de la aldea, el joven se cruzó con un eremita que vivía en la apartada y pedregosa cueva de la colina. Al joven le llamó la atención la gran sonrisa, a modo de regalo, que acompañó el saludo que el eremita le dedicó. Aquella sonrisa acarició su alma y el joven no pudo resistir el dirigirse al ermitaño diciéndole: venerable anciano ¿por qué desde su notoria carencia de pertenencias me ha obsequiado tan hermosa sonrisa...