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Mostrando entradas de septiembre, 2016

El templo dorado

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U n joven aldeano andaba buscando la sempiterna felicidad. El joven, a diario, acudía al oratorio donde cumplía rigurosa visita a todos los dioses entregando sus ofrendas y confiando que las deidades le corresponderían proporcionándole la felicidad a cambio de sus lisonjas. Los años pasaban y el joven sentía que en su propósito poco avanzaba, se había convertido en un creyente más de la cultura de castas, obediente al orden social establecido, donde todos guardaban las apariencias que llenaban sus mundanas almas, cada vez, más huecas. Un día, en una callejuela de la aldea, el joven se cruzó con un eremita que vivía en la apartada y pedregosa cueva de la colina. Al joven le llamó la atención la gran sonrisa, a modo de regalo, que acompañó el saludo que el eremita le dedicó. Aquella sonrisa acarició su alma y el joven no pudo resistir el dirigirse al ermitaño diciéndole: venerable anciano ¿por qué desde su notoria carencia de pertenencias me ha obsequiado tan hermosa sonrisa...

Tiempo a

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T iempo a desamor no lo fue qué ya que amando te encontré y en el pasar de los días más te amé, viviendo distancia del viento te arranqué. Tiempo desdoblado, para ti y para mi, de enamorado: buscando cual abejas néctar amado para juntos, uno del otro, estar al lado. Tiempo que pasa amores sin casa, anhelos y más anhelos que el día repasa, profunda la noche donde todo descansa. Tiempo cual magia tú eres sabia, aparta la escarnia. No más arrogancia.