El templo dorado


Un joven aldeano andaba buscando la sempiterna felicidad.
El joven, a diario, acudía al oratorio donde cumplía rigurosa visita a todos los dioses entregando sus ofrendas y confiando que las deidades le corresponderían proporcionándole la felicidad a cambio de sus lisonjas.
Los años pasaban y el joven sentía que en su propósito poco avanzaba, se había convertido en un creyente más de la cultura de castas, obediente al orden social establecido, donde todos guardaban las apariencias que llenaban sus mundanas almas, cada vez, más huecas.


Un día, en una callejuela de la aldea, el joven se cruzó con un eremita que vivía en la apartada y pedregosa cueva de la colina. Al joven le llamó la atención la gran sonrisa, a modo de regalo, que acompañó el saludo que el eremita le dedicó. Aquella sonrisa acarició su alma y el joven no pudo resistir el dirigirse al ermitaño diciéndole: venerable anciano ¿por qué desde su notoria carencia de pertenencias me ha obsequiado tan hermosa sonrisa que ha tocado mi roída alma que firmemente lucha, sin éxito, por alcanzar la felicidad, esa misma, que su sonrisa me ha aportado?. El anciano le respondió, ay joven tozudo, un día, cuando tenía tu edad y me hallaba en tu actual concurrencia un sabio se cruzó en mi camino y éste me respondió a la misma clarividencia y pregunta que tú me acabas de hacer con las siguientes palabras: Todo cuanto necesito va conmigo y, ten siempre presente que, dentro de ti, en el más recóndito rincón inescrutable, de cuantos viven creyentes, se encuentra El Templo Dorado que contiene el Conocimiento Universal que te mostrará todos los caminos de los no caminos de las inagotables veredas de la Sabiduría que te guiaran en tu búsqueda. Más has de saber que "no hay camino a la felicidad: la felicidad es el camino".    

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