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Calabazas migrantes
T ransformaron la calle; seis enormes calabazas, como nunca se habían visto, eran la antesala. La delantera de los edificios fue cubierta con unos gigantescos lienzos decorados que evocaban otro lugar. Las puertas y escaparates de los comercios fueron difuminados entre la tan agresora tramoya. Al fondo, un castillo iluminado cerraba aquel desolado hábitat foráneo que a través del velado relegaba a un segundo plano el entorno autóctono. Un hábitat foráneo desvergonzado que incluso se había empeñado en engullir hasta la memoria viva de la propia Confitería Barranco que, tras decenas de décadas con su cuarta generación incorporada, constituía parte inseparable de las vísperas y Día de Todos los Santos. Henry, recién llegado de Salem, andaba algo ofuscado, aquella total ausencia de zombis, murciélagos gigantes, brujas, arañas, monstruos y bichos vivientes... jamás sería entendida en el origen de la fiesta que, en ese año, el ayuntamiento malgastaría gran parte de su escaso presupuesto...
Alharaca en Norbulingka
A llá, por los gélidos confines del techo del mundo. En donde el misticismo mana en los propios paisajes y el visitante fácilmente puede llegar a embriagarse de contemplación hasta abrigar, sin busca de evocación, la actitud de concebirse en intrínseco compromiso poseyendo la potestad de deshacer la memoria para cambiar la casaca a la vida; es donde acaece un relato histórico, poco conocido en occidente, que hermana la ciudad de Sevilla con la ciudad que a principios del siglo VII se llamaba Rasa. Corría el verano del año 1.927. Las laderas habían perdido ya su blanco invernal, casi permanente; mientras que al mismo compás los caminos mayores y veredas menores afloraban prietas cual vigorosas venas curtidas sobre las serenadas tierras levadas, admirando placidas, la natural muralla de gigantescas paredes de hielo azul celeste que prístina le cercan. El cielo, en su lejanía, orgullosamente enseñaba verticales hilos delgados de vaporoso humo, que suavemente se elevaban, desde abaj...

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