Trofeo


Su vida era una constante competición. Su dulzura, su ternura... no consentía aflorar el gen del atleta que dormitaba bajo su piel. Todo tan hermoso, que bajo el azul cielo la belleza desplegaba su paleta de colores para que el arcoíris siempre reinara protegiendo los anhelos. Bastaron tres parciales pero magnas primaveras para que el estadio terminal apareciera. ¡Antojadizo síndrome! Cual efecto mariposa, al otro lado del mundo una descorazonadora percepción lo presagiaba. En la tarde noche, anunciada, llegó la confirmación. Al recibirla, una sensación dolora, de dulce acongoja, en súbitos espasmos entrecortados recorrieron todo su cuerpo llegando hasta al pecho donde en la profundidad de su corazón se detenían con la perversa intención de apagar el volcán que sempiternamente está en erupción. Desde ese mismo instante. Como ansiado trofeo por el que afanosamente se lucha, sentía el consuelo del momento y de los múltiples pequeños florecimientos fruto de las magnas primaveras que habían vivido, pero que a la misma vez, su pensamiento trataba de arrebatarle haciendo valer con firmeza la triste sacudida de quien tras la ilusionante lucha consigue el mayor trofeo de la competición para con el paso del tiempo convertirse en un mero recuerdo que, cual objeto, podrá ser contemplado.

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