Espíritu azafrán

En el bolsillo izquierdo siempre llevaba un pañuelo blanco inmaculado, doblegado en cuatro perfectos dobleces haciendo un cuadrado, cual mandala, que conservaba su pulcro planchado. Su muñeca derecha, perenemente, estaba abrazada por veintidós pequeñas bolitas de madera de sándalo perforadas para su unión entre sí, tratando de marcar el rumbo del camino disciplinado de una milenaria filosofía. Poco o nada pasaba desapercibido a su alrededor aunque la apariencia proyectara falta de interés por la naturalidad de la vida que inexorablemente transcurría en su entorno y en la marcada distancia global del mundanal mundo que en este plano todo lo envuelve. Ayer, hoy y “mañana” mantuvo un compromiso firme con multitud de causas que junto a sus afectados defendió como propias. Gozaba  de cierto reconocimiento en su imagen física y atuendo que con frecuencia le manifestaban. La añoranza era el denominador común en las conversaciones y saludos de los recuentros tras las ausencias temporales ante con quienes de nuevo se encontraba…
Lo descrito hasta ahora era parte del relato que estaba presente en el imaginario de las personas que le conocían.
Un día el ego se apoderó de él y, ante los presentes de aquel acto en el que se reunían para dibujar las ideas de un sencillo y hermoso proyecto en común que a todos gratificaría, alguien le dijo, con el paso del tiempo, que tiró por tierra su espíritu azafrán

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