S i bien, las tiendas cerraban a las una y media de la tarde, la calle permanecía desierta mientras Florentino ordenaba para avanzar llegado el momento de bajar la persiana del colmado. ¿Qué almorzarán hoy la familia de mi compañero y él, el ferretero, del local de al lado? Se preguntaba en sus adentros el tendero de los ultramarinos del arrabal alto, donde la mayor parte de los vecinos formaban las listas de parados de larga duración de la ciudad. Eran las una y veinticinco de aquel viernes, trece, de Octubre, del año dos mil diecisiete. Aunque la esposa del pequeño tendero del colmado se había llevado a casa una ligera bolsa con unas patatas y huevos para preparar la comida del almuerzo de ese día para ambos, Florentino, no dudo en coger una nueva bolsa, echar unos kilos de patatas y dos docenas de huevos. Cerraba en 5 minutos y en esa media jornada mañanera, en el cajón de la caja registradora solo había 29’13 euros. Tres minutos antes, en la puerta de la tienda, su colin...