Tiendas y tenderos
Si bien, las tiendas cerraban a las una y media de la tarde, la
calle permanecía desierta mientras Florentino ordenaba para avanzar llegado el
momento de bajar la persiana del colmado.
¿Qué almorzarán hoy la familia de mi compañero y él, el ferretero,
del local de al lado? Se preguntaba en sus adentros el tendero de los ultramarinos del arrabal
alto, donde la mayor parte de los vecinos formaban las listas de parados de
larga duración de la ciudad.
Eran las una y veinticinco de aquel viernes, trece, de Octubre, del
año dos mil diecisiete. Aunque la esposa del pequeño tendero del colmado se
había llevado a casa una ligera bolsa con unas patatas y huevos para preparar
la comida del almuerzo de ese día para ambos, Florentino, no dudo en coger una
nueva bolsa, echar unos kilos de patatas y dos docenas de huevos. Cerraba en 5
minutos y en esa media jornada mañanera, en el cajón de la caja registradora
solo había 29’13 euros. Tres minutos antes, en la puerta de la tienda, su colindante, el ferretero, le
comentaba que no había vendido nada en toda la mañana.
Ese medio día, con tan escasas ventas en el
colmado, no sería necesario acudir al banco para hacer el ingreso de rutina. Tiendas y tenderos con sus cosas. Ese tiempo lo emplearía Florentino para adelantarse y llegar
hasta la casa de su vecino de comercio que vivía tres cuadras mas arriba con el
objeto de dejar a Josefina, (la anciana madre que cuidaba de su nuera enferma y sus nietos), la bolsa con patatas y huevos que había preparado
minutos antes.
Tiempos atrás, la ferretería era del suegro de Florentino y
la esposa de éste ya, en las intimidades matrimoniales, le había contado que en épocas difíciles, en los días de
pocas ventas, en su casa, sus padres no almorzaban para que ella y sus hermanos
pudiesen almorzar ya que el dinero que había no llegaba para poder comer todos.
Moraleja
Si te metes a tendero nunca pongas una
ferretería ya que los tornillos no se pueden comer un ultramarinos has de
poner.

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