Brindis de ponzoña

El sol se ocultaba y la tibia tarde se disponía a marchar mientras el sacro ritual del retorno a los hogares se iniciaba. La gran avenida encendía sus faroles al tiempo que los destellos de los autos desde su inocente juego se cruzaban. En su margen derecha ascendente, terraza de vino y tapas, poco concurrida. ¡Claro! era miércoles. Aun así como una fotografía fija, en una mesa, con brillo dorado en la piel, al acecho, dos maquiavélicas mentes prolongadas hasta sus viperinas lenguas, dando rienda suelta a la oscuridad de sus almas, junto a una tercera que, por su corta edad y transgrediendo el límite de lo decente, le extirpan la inocencia que por legítima le pertenece desde su aflorada niñez ante la vida. La conversación no versaba sobre ángeles: dibujaban un cielo sin estrellas hasta hacer el infierno. Arañaban con sus virulentas palabras, llenas de maldad, por la partición hereditaria que les había excluido de su codiciado legado. Un testamento que, en el calor del difunto, habían anunciado que respetarían pero cuando lo conocieron, sus malévolos actos, contra la dolida madre, se volvieron constantes hasta el extremo de generar daño físico y sufrimiento en la anciana asustada y abatida.  
Acechaban su relajado caminar. Justo, en su recorrido de costumbre, de regreso del trabajo, hija, nieta y bisnieto, cuando él pasó, levantaron tres alardeantes copas ejecutando el brindis de ponzoña. Tras tan suculenta ingesta, culposas, ante su propia tragedia, las viperinas lenguas cayeron fulminantes desde su reclinatorio y en aquel momento, del entorno, se adueñaron las palabras que tantas veces escucharon de boca de su madre-abuela: "quien rivaliza, muere".

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