Nombre de mujer

Era plenamente feliz aunque en el fondo de su alma una impermanente congoja le afloraba. Esto generaba cierta confusión cuando a veces la miraban a pesar de que ella, a cada mirada, constantemente su blanca sonrisa regalaba. Aunque era una chica muy sociable apenas acudía a salón de belleza alguno ya que personalmente se procuraba sus propios arreglos. Su oscuro cabello rizado en la más bella arqueada natural era la admiración de todos aquellos  con los que se cruzaba, al igual que la envidia de alguna que otra mujer que al sorprendido admirador le acompañaba. De chocolateada tez, la muchacha resultaba despampanante con sus elegantes vestidos claros y sus tacones de aguja, siempre, bien complementados. Si sus manos te tocaban la exquisitez de su tacto estremecía la paz del alma. La riqueza tímbrica de su voz resultaba un gozo para quien la escuchaba cuando hablaba. Su voz, ¡ay su voz!, que fascina, uno de los atributos de su valiosidad para el coro al que pertenecía, su gran pasión. El baile otra de sus pasiones que había disfrutado montones con su parejo Octavio. Más que entusiasmo era un sacro ritual templado el espacio dedicado al cuidado de sus matas que convertía en un tiempo donde la simbiosis con la reflexión daba lugar a la postrera escritura, una más de sus pasiones...
Soñaba con pasar desapercibida, tal vez una vida rural, alejada de las miradas. Quería conquistar su gran anhelo. Harta del constante incumplimiento decidió ir cerrando episodios a la vez que cumplir con algunas despedidas mientras planificaba su traslado. Allí nadie la conocería. Reflexionó su idea y se dio cuenta que su cambio resultaría imposible pues su madre no estaba dispuesta a permitir otra mudanza. Aun así, a sabiendas del fuerte presidio que ejercía la cadena que le ataba su madre, desafiante, ella no renegaba a lo que por legítima le correspondía en su libre naturaleza.
Una vieja amiga entrañable de su mamá les visitó tras décadas de ausencia. Al verla, surge la más perfecta coartada, decidió tomar los hábitos en la orden misional a la que esta pertenecía y que se encontraba al otro lado del charco. Por fin su sueño lo podía realizar, a sus quince abriles sintió el llamado, la mamá quedaría tranquila. Pero la viejita mamá ignoraba que aquella lejana vocación había sido transformada en un nuevo llamado de amor y, solo por este haría tan larga travesía, de inmediato, tras la homologación de su doctorado en fisioterapia.
Era plena felicidad, nombre de mujer, y Lucía le llamaban.

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