Culcas

Pegado a la tierra y tocando el cielo, corona el Cerrete de los Lirios. Vigilante impertérrito de Occidente.  
Lucía, con una sensación mariposeante en su estómago, había partido en la mañana. Eran mil ciento cincuenta kilómetros de distancia los que le separaban. Un coche cómodo, de alta gama, sería su habitáculo durante esas largas horas donde esa sensación interior que albergaba haría pasar inadvertidos tantos paisajes como si éstos no estuvieran en el camino que adelantaba. Repasaba y repasaba, más un único pensamiento resonaba en su cabeza, no era el momento de recrearse recorriendo un país de colores y contrastes que lo hacían lugar de visita obligado para el turismo internacional de destino recomendado.
Comenzando la madrugada, fatigada, se adentraba en ese pueblo grande que aspira ser ciudad. Justo a su entrada, divisó en la oscuridad, suspendida, la excelsa luminosidad de un gigante. En ese momento supo que estaba junto al hotel. Llegó al hall y avanzó hasta la recepción donde recogió la llave. El botones le acompañó hasta la décima planta. Desde la ventana de la habitación miró la cerrazón de la noche… Culcas, la observaba.

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