El color atrapado

Era reservado, alto y despeluznado, de nariz aguileña y mirada penetrante. A través de sus arqueadas piernas los rayos del sol escapaban del horizonte. Resultaba extraño para algunos paisanos aunque sus camisas de cuadros delataban su oficio generacional al mismo tiempo que su innegable genética acreditaba que era autóctono del lugar. En la mañana del sábado asomó más enérgico que de costumbre.
¡Tanto tiempo esperando!
Su gran sueño se encontraba tan cercano. Llegaba el momento sí, ya casi lo acariciaba, desde ahora consistiría en poder llegar hasta la ladera del monte que coronaba la Sierra de los Robles. Y a partir de ahí vivir la experiencia, sentir esa sensación que había oído de contadas de  aquellos que en la larga tradición ya la vivieron y disfrutaron con gran pasión por el resto de sus vidas.

El sabía que no sería en vano.
En los meses anteriores fue testigo de cómo todo se ralentizaba, vio que la constante inquietud se convirtió en una obsesión. Aun así en su cabeza resonaba que aquel sábado sería determinante, el intendente llegaba a la zona y por fin procederían a la inauguración de la obra pública más significativa de toda la comarca.
Su paciencia, que dio tiempo al tiempo cuando lo que había de llegar se le resistía, acompañada de su amigo el silencio serían sus compañeros de viaje. Los tres, junto al intendente también monitor de vuelo, partirían del nuevo aeródromo real y surcarían el cielo hasta sobrevolar por encima de aquel majestuoso y bicentenario roble morado del que su abuelo, tan anhelado leñador y el más prestigioso proteccionista de los bosques de toda la región, tantas y tantas historias, en su niñez, le había contado. Solo él conocía la hora exacta y la precisión de la latitud en que debía mirar desde la escotilla del ultraligero al corazón del roble, ante sus ojos, solo entonces el majestuoso árbol cedería sus ramas abiertas para que el sol iluminara el color atrapado y en memoria de su abuelo a su protector de ahora se lo obsequiaría para que tan antiguo oficio nunca se acabara y el bicentenario roble morado junto con el extenso bosque sempiternamente allá permanecieran.

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