Niños de miedo

En la carrera más amplia de la ciudad. A dos escasas cuadras de la embajada japonesa. El cónsul italiano, que gustaba sentarse bajo aquel majestuoso árbol mientras repasaba los pendientes, acostumbraba a dar su paseo diario en coincidencia con la alborada de los niños del liceo infantil y primaria de los Jesuitas, el cual lindaba en su parte trasera con el cementerio de los brigadistas tupamaros.
Botaron los años y aún perdura en el recuerdo, que durante la década de los 90, una serie de extraños hechos aterrorizó a la población. Las familias con menores escolarizados vivieron un atroz miedo panicoso que marcaría sus vidas para siempre. Cada año académico, en el segundo trimestre, junto al gran roble morado, desaparecían diez alumnos de aquel liceo, hoy, clausurado: siendo recuperados posteriormente sin vida y con heridas suturadas y un diminuto papel de celofán amarillento prestado encima del pecho. Los cuerpos, siempre, reposaban boca arriba sobre la macabra lápida blanca, en la quinta tumba derecha de la calle central del cercano cementerio. En todos los casos, las autopsias revelaron el contenido de una rara sustancia en las mucosas que provocaba una virulenta variable mortal de la Anemia aplásica…

El miedo torna al lugar.

La pasada semana, The New York Times, en su sección internacional, publica un amplio reportaje de investigación en el que revela al mundo entero como en los 90 casi tres centenares de ricos poderosos del planeta, que padecían enfermedades, en sus fases terminales, se curan milagrosamente.    

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